En algún momento de la última década, eso que haces a la hora de dormir recibió un nombre. Los investigadores lo llaman aprendizaje socioemocional, o ASE. Tiene un marco teórico, un cuerpo de evidencia, ponencias en congresos y, en algunos sitios, una partida presupuestaria.
También tiene una definición que te va a sonar muchísimo: ayudar a los niños a reconocer lo que sienten, a manejarlo, a entender lo que puede estar sintiendo otra persona y a tomar una decisión decente sobre qué hacer después.
Que es, más o menos, la conversación que tuviste anoche cuando alguien no paraba de llorar por un calcetín.
La verdad poco glamurosa sobre unas siglas muy glamurosas
El ASE no es un invento nuevo. Es el nombre que se le ha dado a algo que las familias llevan haciendo desde siempre, para que los colegios pudieran medirlo, financiarlo y formar en ello. Eso es de verdad útil: no puedes poner algo en un horario hasta que sabes describirlo.
Pero poner nombre a algo hace dos cosas a la vez. Lo hace visible. Y hace que parezca que pertenece a quien lo nombró.
Muchas madres y padres creen ahora que las habilidades emocionales son cosa del colegio. No lo son. Son cosa del niño, sobre todo en casa, sobre todo en trozos de cinco minutos.
La investigación es bastante clara en que estas habilidades importan. La mayor revisión hasta la fecha reunió 424 estudios de 53 países con 575.361 alumnos y encontró que los niños que recibieron apoyo socioemocional estructurado iban mejor en habilidades emocionales, en conducta, en relaciones, en cómo funcionaban en el colegio… y en rendimiento académico. No en lugar de lo académico. Además de ello.
¿Y cómo se ve eso un martes cualquiera?
Aquí está la parte que las siglas esconden. En la investigación, lo que hace el trabajo casi nunca es una ficha. Es una conversación pegada a un cuento.
En una línea de estudios, niños de tres y cuatro años escucharon cuentos cargados a propósito de palabras sobre emociones y, esto es lo decisivo, hablaron de ellos después. Dieciséis cuentos en dos meses. Los niños que tuvieron las conversaciones entendían las emociones bastante mejor que los que solo escucharon los cuentos.
Dieciséis cuentos. Dos meses. Eso son unas dos noches de cuento por semana.
Cuatro cosas que esto cambia en cómo leemos
- Terminar el libro no es el objetivo. Parar a la mitad para preguntar «¿por qué crees que hizo eso?» no es un desvío. Es el destino.
- El niño no tiene que acertar. El valor está en buscar una palabra, no en dar con la correcta.
- Repetir libros no es falta de imaginación. En la quinta lectura es cuando los niños empiezan a fijarse en lo que los personajes sienten, porque ya saben lo que pasa.
- Tus propias emociones también sirven de material. «Hoy en el trabajo me sentí un poco así» es una de las frases más potentes que tienes a mano, y no cuesta nada.
Por qué hacemos los libros así
Cuando hicimos Loved Like Lilly, pusimos páginas de conversación al final, no como extra ni para engordar el número de páginas. Están ahí porque la investigación señala siempre lo mismo: el cuento abre la puerta, y la conversación la cruza.
Los libros para colorear Cuties hacen el mismo trabajo en otro registro. Cada uno gira en torno a una emoción —valiente, tranquilo, seguro de sí— y la empareja con un dato y una pregunta, porque un niño con una cera en la mano es un niño que tiene la boca libre.
La versión de cinco minutos
Si te quedas con una sola cosa: esta noche, después de la última página, haz una pregunta que no tenga respuesta correcta. ¿Cómo crees que se sintió cuando pasó eso? Y luego calla. El silencio es donde ocurre el trabajo.
Eso es ASE. Llevas años haciéndolo. Solo que no tenías una presentación para ello.
Los estudios detrás de esta entrada
- Cipriano, C., Strambler, M. J., Naples, L. H., et al. (2023). The state of evidence for social and emotional learning: A contemporary meta-analysis of universal school-based SEL interventions. Child Development, 94(5), 1181–1204. Leer el estudio →
- Grazzani, I., Ornaghi, V. y colegas: intervenciones de lectura compartida con lenguaje sobre estados mentales y emociones en niños de 3 a 4 años; revisado en Schapira & Grazzani, Frontiers in Psychology (2025), «Shared book reading and promoting social and emotional competences». Leer el estudio →
- Durlak, J. A., Weissberg, R. P., Dymnicki, A. B., Taylor, R. D., & Schellinger, K. B. (2011). The impact of enhancing students’ social and emotional learning: A meta-analysis of school-based universal interventions. Child Development, 82(1), 405–432. Leer el estudio →